A mí me gusta el tenis más que nada en el mundo, haría una estatua a quien lo inventó, es el deporte individual más completo para crear espectáculo, necesita más que ningún otro de la cabeza y de inteligencia, de una coordinación admirable y, contra lo que pueda parecer, es de bastante difícil comprensión. Por eso nunca será un deporte masificado, porque lleva en su entraña la individualidad, la excelencia, la improvisación y todas las complicaciones o problemas de la mente humana. Pero mi adoración por este deporte no me hará comulgar con ruedas de molino: a mí no me gusta Federer, así como suena. Me aburre su tenis, no me llega, me deja fría, no me llena en absoluto, jamás me gustó, y (y esto es aparte), además me cae mal. Hay otros que no me caen y me gustan, los hay que me gustan y me caen, y los hay que me han emocionado y me han hecho llorar con su tenis. Lo que no me transmite a mí Federe, puede llegarles a muchos, perfecto, me alegro por ellos y que lo disfruten; pero no admito que me lo vendan como inventor del tenis o la panacea de todo buen amante de este deporte, porque no, no, y no. Creo en los dogmas de Fe; pero el suizo no lo es.